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Psique

Descalza, la niña mira las luces rojas que flotan en el aire. Sobre el patio vacío cae la luz de las 5:30, pero a ella no la perturba la cercanía de la oscuridad.  Bien puede ser la conjunción de sueño y recuerdo, amasados durante treinta y nueve años en algún rincón de la mente. La tarea es indagar en la imagen, en los pies sobre el cemento, en el vestido crema, en las vigas de madera que sostienen el techo. En el color apocalíptico de ese atardecer. No es posible saber, ahora, si habrá respuestas. Hay preguntas y una mano abierta, para cuando aceche el abismo.

Bucle

Un algo, un no se sabe todavía qué, obstaculiza el paso del aire. La monotonía de los latidos se quiebra y lo que hasta hace un momento era huesos y carne, de pronto se convierte en arena. Y no es arena lo que sostiene un cuerpo. Viene entonces esa sensación de breve muerte, que se deja seguir por el mareo, las gotas frías que llenan las manos y la frente. Después la palidez, y el recuerdo punzante en la cabeza, cuando todo parece retornar a su cauce.  Y otra vez no hay aire, ni huesos, ni carne. Solo arena.

Memoria

Mi profesora de quinto de primaria cumplió años ayer. Ignoro si todavía vive, pero deseo que así sea y que sus años viejos tengan la serenidad de su sonrisa, la calidez de su mirada cuando nos oía recitar de corrido algún poema. De los recuerdos que ya empiezan a ser lejanos, el suyo es uno de los que más nítidos se conserva. El otro es el de papá en su día de descanso, llevándonos en largas caminatas a Bello o a la Terminal del Norte, jugando a Sherezada, o sencillamente ahí, a plena luz del día, sin que tuviéramos que guardar silencio para no interrumpirle el sueño. Otras pocas memorias relampaguean a veces. Las más se van desvaneciendo, pero no opongo resistencia. Aún no llega la hora de poner a flotar antiguas emociones (y acaso escribir esto sea un contrasentido). Me preparo despacio, en lentitud de años, para destapar esa caja secreta. No me decido a botar la llave. Rose Mary. Así se llamaba.

Cabeza

Desde hace once días duele. Aprieta, aprieta fuerte. Y pequeñas descargas de electricidad me sorprenden de rato en rato. La imposibilidad de recostar la cabeza sobre la almohada en busca de reposo me hace recordar los accidentes de infancia, cuando un mango todavía verde o una escalera en mitad de un patio invitaban a las alturas. Siento mareo y ahora mismo un duende invisible y malo me jala de las orejas. También siento ganas de llorar. Por dolor, por cansancio, por impotencia, porque mi cuerpo se niega a reaccionar ante las pastillas, las inyecciones musculares e intravenosas, las infiltraciones anestésicas. Porque las pruebas diagnósticas no revelan si algo falla, y dejan en el semblante de la médica una sombra. Porque siento culpa y por un momento me pregunto si este dolor es imaginario. Si imagino que la cabeza pesa, si sueño que no puedo dormir. 

Raíz (ubicada en algún punto entre el cerebro y el corazón)

Tengo siete hermanos. Nací en Barrio Nuevo, pero no tengo memoria de mi primer hogar. Mis recuerdos más viejos se ubican en una casa grande, tercer piso, tejas de eternit, en el barrio Florencia. De allí conservo algunos destellos de las tardes de juego en la calle, un balcón que mira al nororiente de Medellín, con el que aún sueño, y un miedo que vuelve al reconstruir esa mudanza apresurada, como a hurtadillas, para proteger la vida. Fui una muchacha con suerte. Al salir del colegio, no tuve que buscar un trabajo para ayudar a la economía familiar; ya lo habían hecho por mí -por nosotros- mis cinco hermanos mayores y, como no, los papás. Y la buena estrella me permitió desentrañar el laberíntico examen de ingreso a la Universidad Nacional. Estudié. Conocí otras maneras de ver el mundo, de asumirse en él. Hallé trabajo una semana antes de terminar las asignaturas que me convertirían en ingeniera administradora, y nunca me he quedado desempleada. Soy una mujer con suerte.  Procuro honra

Oídos

Hay un mal al que los especialistas llaman misofonía: sensibilidad al ruido. No al de una alarma en plena madrugada; sí al que produce una página al pasarla o el reloj entre segundo y segundo. No hay cura, dicen, y es un trastorno mental, complementan. Mi mal es otro. Me perturba el susurro de los que ya no están. Una canción que vuelve a sonar en el silencio nocturno. Un hueso que cruje desde el recuerdo como si fuera justo el instante de la caída.  No sé si esta obsesión por el pasado tenga remedio; si está en la cabeza o en el corazón. Si encuentras un nombre científico para ella, querido curalotodo, házmelo saber.

Sistema nervioso autónomo

Se manda solo. Y nos ahorra el trabajo de pensar en que nuestro corazón debe seguir latiendo o nuestros pulmones ejercitándose en el inhala-exhala que tanto les gusta a los instructores de aeróbicos. A veces se descontrola. Y el pulso se acelera sin motivo, y la presión arterial cae cuando tendría que subir. Y uno llora cuando debería reír, habla cuando debería callar. Que no, me dicen, que eso no tiene nada que ver con el Sistema Nervioso Central. No importa, dejo constancia de que algunas veces también hago lo que me provoca.